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Las nuevas navidades de sofía

Posted by on 2 octubre, 2013

Sofía siente ya añoranza por su casa, mirando a su saloncito, con su sillón y su reposapiés; mirando a su balcón, donde reposaban sus macetas con geranios, “los más coloraos de todo el pueblo”,… Y a la par siente una gran ilusión por el cambio, como un impulso de emoción que no le cabe en la garganta.

Su hijo Emilio ha insistido últimamente en que es ya peligroso que a sus 87 años viva sola. Emilio ha sido siempre muy responsable, muy sensible y atento con ella, y la ha hecho recapacitar sobre los riesgos: que si tiene un accidente, que ha tenido -“sólo un par de veces…o tres” se dice a sí misma Sofía- problemillas de memoria, que si algún día le quieren entrar en casa…

Aunque Sofía tiene mucha suerte, su hijo Emilio es un sol, y se preocupa por ella, y le ha dicho que lo que necesita es un lugar donde se sienta cómoda, “como en casa, cuidada con cariño, donde tengas compañía,…” Y que aquí, en este pueblucho, tan alejado de Las Rozas, que es donde vive Emilio -en un chalecito muy espacioso- le es muy difícil cuidarla. Y a Sofía se le humedecen los ojos al pensar en lo agradecida que le está a su hijo, en la ilusión de irse a vivir con ellos, incluso de hacer nuevos amigos. Además en el pueblo le han dicho que en esas ciudades y pueblos grandes hay unos centros donde muchas veces hacen viajes, y organizan fiestas y bailes, donde hará amigos y conocerá gente.

Sofía se siente muy emocionada, también por intentar ser útil a los suyos, que aunque los nietos ya están mayorcitos, 17 y 22, ya les ayudará con algo de la casa. Sofía siente ilusión porque se le presenta una nueva etapa en su vida, incluso un pequeño reto. A Sofía, que tiene un espíritu muy jovial para sus 87 años, le encantan los retos. Soñando emocionada con su nuevo futuro,“¡que a los 87 aún hay futuro!” le dicen siempre Aurelio y Sebastián riendo en la plazuela; su nuevo futuro en el que aún es capaz de asumir cambios, en que estas pequeñas cositas son metas e ilusiones que le iluminan los últimos tramos de su vida…

En esto está pensando, ensimismada, cuando suena el telefonillo y sube Emilio, siempre tan atento, para coger las maletas. Sofía echa una mirada a la casa, sin poder evitar la punzadita de sentirse culpable “por abandonarla”. Antes de bajar, rememora los momentos que ha pasado allí: los niños correteando, el invierno con un puchero de sopita caliente en la mesa, las cenas de navidad, incluso las vacaciones de los nietos en el pueblo… Y Emilio la trae de vuelta apremiando para marcharse y “que no se ponga tan melancólica, Madre. Verá que bien va a estar usted ahora.” La anciana sonríe y cierra ya la puerta.

Se sienta en el coche, y va mirando, como una niña que se va de campamento, el paisaje por la ventanilla, extasiada. Observa cómo cambia el paisaje, cómo cambian los árboles, los pueblos, cómo cambia hasta el horizonte… y de lo contenta que está siente que el paisaje es una alegoría del cambio de su vida.

Emilio se pasa la salida de siempre para ir a Las Rozas, y su madre le advierte del despiste, pero al ver que Emilio asiente en silencio y permanece atento al tráfico, ni se inmuta y piensa que “Él ya se sabe los atajos”. Y de pronto, ante un edificio grande y blanco, con unos coloridos jardines a la entrada, Emilio para el coche y echa el freno de mano, sonríe a su madre y baja del coche para coger las maletas.

Sofía baja del coche sorprendida y sin entender nada. Emilio llega con sus dos maletas y orgulloso como un pavo le comenta a Sofía que “ha estado buscando muchísimo, pero que esta es, sin lugar a dudas, la mejor Residencia de toda la zona.” Y a Sofía se le empiezan a apagar las lucecitas que iluminaban su vejez. Además, Emilio le recuerda, con su certeza de haber hecho lo que tenía que hacer, que “está a media hora de casa y así les va a ser más fácil venir a verla los domingos”. Y a Sofía esa aventura y esa nueva etapa en su vida se le transforma en la última estación, desolada y sombría.

Y se le humedecen los ojos, pero ahora sólo de pena, antes de entrar en lo que ella siempre ha creído como un almacén de moribundos inútiles. Y Emilio, que ni se da cuenta de que a su madre le tiembla la voz, comienza a caminar hacia la recepción con las maletas. Decidido y convencido de haber cumplido con su deber de hijo, Emilio que siempre es y ha sido tan sensible y atento con ella.

de 2008

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