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Opciones

Posted by on 4 junio, 2013

Otra que escribí en el cursito de escritura creativa.

Algunas notas autobiográficas, y otras no tanto!

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Podría haber optado por otra cosa. Pero el caso es que decidió eso, y allí estaba, un lunes de julio esperando el tren hacia Irún.

Nunca se le dio bien tomar decisiones acertadas, pero al menos no era una indecisa. Se lanzaba al fracaso con tanta pasión, que no se veía capaz de reprocharse nada. Errar es parte del aprendizaje, se repetía. Aunque empezaba a desear algún que otro acierto, sólo por variar. Si esto falla –pensó- voy a dedicarme a “herrar caballos”, por ver si la frase tiene otro sentido que se me escapaba. Se rió de su propio chiste mentalmente, con una carcajada muda que sólo se percibía por la comisura de sus labios.

De Madrid a Irún, de Irún a Hendaya y de ahí, a Toulouse. Podría viajar en avión, pero eso hubiera significado dos cosas: perderse el paisaje y ser capaz de haber tomado la opción correcta. No, – se dijo, intentando sacudir ese pensamiento- no hay decisiones erróneas ni acertadas, cada cual te lleva a un camino. Simplemente querías venir en tren porque disfrutas mucho más de un viaje en tren…aunque signifique que es 7 veces más largo. El avión le confunde. No es miedo a volar, sino a no saber volver a tierra.

Ojalá la Tolosa de Languedoc se pareciera a su Tolosa, la de las orillas del Oria. Que fueran ciudades hermanas en la amabilidad de sus calles y la cercanía de la gente. Y en su casco viejo con sabor a vino. Quizá su última mala idea había sido marcharse de allí. O quizá había sido la primera buena, es algo que sólo se sabe “al final”.
Madrid, acogedora y fría; apacible y frenética; repleta de soledades y de vidas nocturnas. El amor y el odio juntos en Atocha, revueltos en La Latina, mezclados en una plaza de Chamberí. Allí estudió, y también olvidó todo lo que sabía. Allí amó y perdió lo que más quería. Y en mitad de ese tren hacia el futuro, sentía ganas de huir de ese Madrid y a la vez de regresar y no salir nunca de sus plazas.

Quería anticiparse, saber que Toulouse sería como una película francesa. Llegar y ya haberla hecho suya. Tener sus rincones plácidos y sus lugares sombríos. Quería saber ya a dónde acudiría acompañada del desasosiego, donde sonreiría al ver por enésima vez ese mismo rincón de la ciudad. Quería llegar y tener ya todos los recuerdos puestos. En cada esquinita, en cada balcón con flores, en cada café, en cada banco del parque.
Pero todas sus primeras veces se repartían entre Tolosa y Madrid. En ese momento, una sombra de angustia le pasó sobre la cabeza como un gavilán. ¿Y si ya no le quedaban primeras veces para poder pintar Toulouse con ellas? ¿Y si ya no había forma de crear recuerdos de amarga y dulce nostalgia? Es el miedo – se dijo. Es el miedo a que el suelo esté tan duro que no consiga enraizar, o a que mis raíces estén tan débiles que no sean capaces de abrirse camino por sus adoquines. Es el miedo a no ser capaz de encontrar unos ojos que me brillen. Es el miedo a haber elegido mal otra vez.

Pero no podía quedarme. Madrid no es ya mi Madrid. Madrid se vacía de quienes somos y a la vez no somos de aquí. Huyen o regresan. Hay cada vez más espacio, menos gente; pero sigue sin haber sitio para nadie. A una parte de sí misma le gustaría pensar que de Madrid le echó el desamor. O que debía escapar de algo. Que Toulouse era el refugio previsto, o que alguien le esperaba con los brazos abiertos. Quería que su historia fuese algo que pudiera ser escrito, que alguien suspirase al leer.
Ese remolino de angustias, deseos, miedos y recuerdos le provocó una lágrima, que cayó por sus mejillas. Al recogerla con los dedos se dio cuenta de que era una lágrima de tinta. Su elección de convertirse en personaje de relato, esta vez sí, había sido la correcta.

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