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Qué pasaría sí…

Posted by on 20 mayo, 2013

Otro de los ejercicios de escritura creativa que ha dado lugar a este cuentecillo. A la gente le ha gustado bastante :)
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Que Pasaría sí…

Esta tarde tenemos que volver a casa de Tía Obdulia y no me apetece nada. Siempre que voy, no paran de tomarme medidas, mirarme la lengua, bajarme el párpado inferior, preguntarme si nos van mejor pies secos o pies un poco húmedos, que si cómo notaba el riego, que si mejor pasarse de nitrógeno o mejor quedarse corta. Es un rollo.
Tía Obdulia está desesperada porque lleva años plantando repollos a ver si le sale un hermoso bebé de una vez, pero no lo consigue. Mamá intenta darle todos los consejos posibles, que si que plante en una zona con más luz, pero no demasiada; que si que riegue pero no tanto como para ahogarla, que si que abone, pero no empache a la planta. Pero nada. Y como nada funciona, pues cada cierto tiempo tengo que ir yo, que ya se me está olvidando cómo era todo eso de crecer en un repollo, a decirle qué me gustaba más y qué menos.
Tengo ya 5 años, y mi mamá dice que cada día se me ve mejor plantada. Las mejillas sonrosadas son propias de un buen cultivo, porque hay niños, mi vecino Jaime, por ejemplo, que salieron en el repollo, pero se le amarillean las orejas, y eso es por no haber abonado lo suficiente. Mi madre dice que es que sus padres “son un poquito agarrados y siempre escatimaban” (y esto significa que no le echaban bastante). Y presume de que ella no, que mira qué cosa bonita le ha salido, y presume de niña bonita por todo el barrio.

Total, que hoy vamos otra vez a casa de Tía Obdulia, a ver si de una vez conseguimos que le crezca un hermoso niño en un repollo. Mi madre un día le sugirió lo de que comprara uno de esos que vienen en cigüeña, y ¡¡Cómo se puso Tía Obdulia!! Que si esos niños comprados por encargo están criados en cadena en invernaderos, sin amor y mecánicamente. Que luego no salen bien, que son fríos y distantes, que no dan cariño y que salen debiluchos y no enderezan bien la espalda. Y además, que son para perdedoras, que se rinden en seguida y no le dedican el tiempo que hay que dedicarle a un buen repollo.

Pues según doblamos la esquina y al llegar a casa de Tía Obdulia, están todas las vecinas apelotonadas en la entrada. Están todas alteradísimas y como mareadas. Una se ha sentado y todo en el muro y se da con el abanico. Y ha llegado un coche de policía y se acaba de ir una ambulancia. Mamá me coge más fuerte de la mano y tira de mí, para llegar corriendo en dos zancadas.
Al vernos llegar las vecinas vienen a nosotras, bueno, a mi madre, todas gritando y chillando y moviendo mucho las manos. Como hablan entre todas, no se les entiende un pimiento y mi madre se está agobiando más, y yo también, porque me está apretando muy fuerte la mano. Y el policía le dice a mi madre que se siente y las vecinas le dejan un hueco y la sientan.

-Pero bueno ¿Me queréis decir qué ha pasado? Basta ya!! Me estáis agobiando más, por favor, decidme qué ha pasado!!

-No lo sabemos, Margarita. Ahora se acaban de llevar a Obdulia en la ambulancia y a ver si nos explican.

-¿Pero me queréis decir por qué ha tenido que venir la ambulancia? ¿Se ha caído? ¿Se ha desmayado? ¿Se ha cortado un dedo pelando patatas? ¿Me queréis explicar por lo menos qué pasa?

-Pues… pues que tu hermana ha tenido un bebé –le suelta Olivia, la vecina de al lado.- Pero no como se tienen los bebés.

-¿Cómo que ha tenido un bebé pero no como se tienen los bebés?.- Mi madre se pone muy digna, levanta el pecho y la barbilla y defiende a la Tía Obdulia.- Mi hermana lleva años plantando repollos, con toda la dedicación del mundo, y aunque hubiera decidido comprar uno de cigüeña, ustedes no son quienes para juzgar a mi hermana, que lo va a criar con todo el amor del mundo!

Otra vecina la interrumpe:

-Que no, Margarita, que no es eso. Que es algo muy raro y que han venido para llevársela al hospital porque le tienen que hacer pruebas y revisar y ver qué narices ha pasado. Mira, para que dejes de ponerme esa cara tan rara que me estás poniendo te explico, que soy yo la que he estado con ella cuando ha pasado todo.
Estábamos en el jardín, preparando otra esquinita de tierra para plantar dos repollos más, ya sabes. Estaba justo Obdulia comentando que cada día se veía más gorda y que no lo entendía porque se tiraba todo el día en el jardín, de arriba abajo, trabajando y sudando. Pero que claro, que también venía notando como un hambre inexplicable y que tenía que comer. Y yo no le dije nada, pero lo cierto es que tu hermana había echado una barrigota últimamente que ¡hay que ver!
Mientras estamos comentando eso, me dice que se siente mal, que se nota como retortijones en la tripa. Yo le digo que se siente y me voy a por un poco de agua, y que habrá comido algo que le habrá sentado mal.

Bueno, pues según vuelvo con el vaso, me encuentro a tu hermana, que ha llegado sudando y soltando unos berridos tremendos al pasillo de la entrada, se ha desplomado en el suelo, y… de repente le ha salido un bebé de entre las faldas. Todo lleno como de moco viscoso, no como los nenes limpitos de los repollos, sonrosaditos y regordetes, que como mucho tienen un poquito de tierra en los piececitos. Este estaba como arrugado, y como pequeñísimo y se ha puesto a llorar y menudo jaleo.
He sido yo la que ha llamado a la ambulancia, y a la policía. Las vecinas han venido con todo el alboroto. Ahí tienes a Jacinta, que ha sido la primera en llegar, y está que no para de abanicarse, porque sabes que la pobre es muy impresionable. Y es que menudo espectáculo.

Y que los médicos están haciendo pruebas para ver qué ha pasado, porque ¿te imaginas? Vamos, imagínate que es una epidemia o algo. ¿Qué pasaría si los niños nacieran de entre las faldas de sus madres?

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