2012

Al mirar por el retrovisor o echar un ojo al pasado, nos damos cuenta de lo rápido que está pasando el tiempo. 2011 ha sido un año muy largo pero corto, donde ha sucedido multitud de acontecimientos que solo nombraré las que recuerdo. Destacamos pues las revueltas en el norte de África, la primera huelga general griega en febrero, el desastre nuclear de Fukushima, el día del joven combatiente en Chile (29 marzo), las movilizaciones estudiantiles en Chile, el primero de mayo como todos los años, el nacimiento del movimiento 15M, la manifestación en España del 19 de julio, siguen las luchas en Chile en agosto, la movilización mundial del 15 de octubre, la huelga general en Grecia de los días 19 y 20 del mismo mes, el auge del movimiento Occupy, los cambios de gobierno en Italia y en Grecia, las elecciones del 20N donde ganó el PP, el tercer aniversario de la muerte de Alexis Grigoropoulos, la muerte del dictador norcoreano, como todos los años también las asquerosas Navidades y finalmente las concentraciones en solidaridad con los presos en Grecia y en España -supongo que también en otros países- el último día del año.

Se nos viene encima otro año más, cuando unos se hacen mayores y otros se hacen cada vez más viejos y donde la mayoría de las nuevas generaciones se hace cada vez más estúpida, pocos jóvenes van adquiriendo conciencia de su situación, gente no tan joven que pierde vitalidad, los abuelos que ven su jubilación más remota y aquellos que se decepcionan por qué rumbo ha tomado la sociedad. No falta pues que para despedir este 2011 hayan deseos optimistas de algún cambio, tanto personal como en la sociedad. Por todos los lados llueven felicitaciones que resultan casi palabras vacías, unas veces dichas con buena intención, otras por aparentar, para promocionarse, otras que se encuentran en la propaganda y los escaparates, y finalmente, aquellos que escupen ese «Feliz Año Nuevo» por no llorar.

En estas fechas, prácticamente la mayoría se pone a rezar como locos para que el nuevo año les venga mejor. Sin embargo, esos deseos que se formularon acabarán por evaporarse, al ver que después de reyes todos volverán a ser los bordes de siempre. Y de vuelta a la rutina. Para colmo, los grandes -y no tan grandes- comercios, con sus rebajas, se aprovecharán como buitres para arañar más ventas a costa de la economía que sigue y seguirá apretando. Las calles, una vez que se quiten las lucecitas que se pusieron a inicios de diciembre, volverán a tener el aspecto gris y triste, con su tráfico y la gente con prisas de siempre, pero con más mendigos. Entonces nos daremos cuenta de que hemos vuelto a los años anteriores: la cuesta de enero, que cada año se vuelve más empinada.

¿Qué nos queda pues, si sabemos que los deseos que hemos expresado para el nuevo año no se harán realidad -aunque comamos las 12 uvas de la suerte, que algún que otro descuidado se habrá atragantado con ellas- ni cambiaría algo por un simple chasquido de los dedos o en un abrir y cerrar de ojos? Puede suponer una inyección de optimismo y ánimo para seguir adelante en el ambiente o son los anhelos de todo ser humano de aspirar a tener una vida sin tantas ataduras económicas. De todos modos, sabemos que las transformaciones sociales no llegarán de la noche a la mañana y que el camino de la subversión se construye caminando día a día, continuamente, manteniendo viva la llama. ¿Mis propuestas para 2012? Seguir mejorando en la redacción y movilizarme más dentro de lo posible. ¿Y mi deseo? Dicho está: que los olmos den peras.

 

 

Feliz Crisis y Próspera Subida de Precios.