Sororidad

 

Hace años viví algo en mi entorno de cuyo potencial no pude darme cuenta hasta mucho más tarde. Un tío, el clásico ligón, había vendido la misma moto amorosa a dos amigas. El muy bobo tuvo la poca estrategia de hacerlo con dos tías del mismo grupo…como si no se fueran a enterar. Pero lo interesante es lo que sucedió.

Podrían haber empezado a compertir por la atención del maromo, a hacer peleas de gatas, a decir que la otra era una zorra. Pero no. Se unieron, hablaron y se fueron a echarle el broncón al machito. Mira, bonito, con nosotras no se juega. Nuestros sentimientos son algo a respetar y no somos tu puto juguete de conquistador. Fue un gran ejemplo de sororidad espontánea.

Lamentablemente esto no sucede así siempre. Nos educan para competir entre nosotras por la atención del macho, para conseguir el amor, para convencernos de que es la otra la que es una zorra engatusadora, para demostrar que somos mejores que la otra, que nos tiene que querer a nosotras, nosotras más, mejor, hazme casito a mí, elígeme, quédate conmigo. Nos educan, en fin, para ser “el negro de la casa del amo”.

Yo soy una maldita perra. Si intuyo que el maromo me está vacilando a mí y a otra mujer, lo que más ilusión me hace es sentar al mozo  frente a nosotras dos y empezar a sacar cosas: o me mientes a mí, o le mientes a ella, o quizá a las dos. Pero decir esto no está bien, callarte esto, tampoco. No por linchar al tío, sino por darle el pertinente collejón feminista: CON LAS MUJERES NO SE JUEGA. Con sus sentimientos, expectativas, emociones y sueños, NO SE JUEGA. No es sólo por mí, es por el resto de mujeres con las que te cruzas y cruzarás.

Decir medias verdades, ocultar información y los malabarismos que te traigas, te alejan y nos alejan de la honestidad. Las personas, para poder tomar decisiones informadas, necesitamos información completa y honesta. No vale todo y a veces hay que asumir que lo que tú quieres no lo quieren las demás personas. Hay que asumir que si les informas de cuales son realmente tus sentimientos, objetivos y pretensiones ellas pueden coger y decir: mmmh pues no me vale, me voy. Pero intentar hacer creer cosas que no son con tal de que acepten algo que no saben ni qué están firmando, es una falta de respeto. Un falta de respeto muy común de los hombres a las mujeres.

Sueño de verdad con explicar esto cuando me pasa. Pero claro…eso es muy difícil hacerlo sola. La prioridad de mis lealtades las tengo claras: lo primero, a mí, lo segundo a la honestidad, lo tercero a las mujeres. Soy incapaz de funcionar de otra manera. Pero no todas. Y por eso, me voy a autocitar:

“Estoy hasta el toto de las que se empeñan en competir, las que os y nos negáis la alianza, las que preferís cegaros a que lo personal es político y no veis que lo que nos pasa, en todos los aspectos: laboral, familiar, amoroso, sexual,… no es “casual”, no es aleatorio, esos patrones que se repiten una y otra vez, una y otra vez, forma parte de un sistema, el patriarcado, un sistema donde ellOs, sobretodo quienesmás se aferran a sus privilegios, tienen las de ganar a nuestra costa. Cuando queráis abrir los ojos, cuando queráis de verdad ser libres, cuando os libréis de ese deseo eterno de ser el esclavo de la casa del amo, estaremos muchas recibiéndoos con los brazos abiertos.”

El baile del pañuelo

 

A veces algunas amistades me preguntan mi opinión sobre ciertas cosas, no sé si porque me consideran una “autoridad en el feminismo” (que con lo poco que me gustan las autoridades, ya les vale por otra parte), o porque pueda darles una “versión oficial” (como si no fuéramos una panda heterogénea y diversa y que además entendemos que así tenemos que serlo), o por poder poner fin a sus cuitas y dudas con una respuesta fácil: sí, siempre, por esto esto y esto, o no, nunca, por esto lo otro y lo de más allá.

Una de mis favoritas es cuando me preguntan por Femen. Pero eso irá para otro día. Mi super favo favo es la del hijab: el velo, la opresión de las musulmanas y todo eso. Y tras leer algún libro, varios artículos de Brigitte Vasallo, opiniones de musulmanas hijas o nietas de migrantes argelinos en Francia, escuchar y hablar a mujeres musulmanas con y sin velo, opiniones de feministas de países árabes con opiniones diversas sobre el velo, sobre su imposición, sobre su liberación a la fuerza, incluso sobre otras indumentarias como el Niqab, o el Burka, y largos larguísimos etcéteras, y que sigo con sumo interés, sólo he podido llegar a una conclusión con la que sentirme cómoda: no tengo que tener una opinión firme sobre algo que no me compete como feminista blanca, europea y cuya cultura es de tradición católica. Punto.

Me he desprendido de esa necesidad de tener una opinión desde lo alto, sobre cosas que no me pasan a mí directamente, no compete a mi cuerpo, no compete a mi libertad. Pero sí compete a muchas otras mujeres, a sus libertades, a que les impongan el quitarse el velo o ponérselo, a que esto las recluya en los hogares o les permita sentirse seguras por la calle. Hay mil puntos de vista, interesantísimos todos. Y yo lo más que puedo hacer es apoyar cuando haga falta. Pero no imponer visiones parciales, no juzgar como idiotas a otras mujeres, no aislar todo del contexto y ver si en ocasiones es útil o no.

Así que ahora cuando me preguntan, simplemente contesto que la única postura válida que puedo tener es seguir de oyente en el debate y que no soy yo la que tiene que “decidir” sobre algo que no me afecta.

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